miércoles, 25 de mayo de 2016

Montaña palentina.


La montaña palentina se encuentra al norte de Palencia y es  donde las 4 estaciones,   primavera,   verano,  otoño e invierno son tan contrastadas como los nombres de sus 170 pueblos. Los rios cruzan por sus valles mientras que las cascadas embellecen el entorno. Los carámbanos mimosos y temporales llenan de formas caprichosas y atractivas los arroyos, aleros de los tajados, rocas empinadas y cuevas sobrecogedoras, fascinantes y misteriosas.

La montaña palentina es el lugar donde habitan el oso, tasugo, esquilo, lagarto verde, babosas, vaca viruela, venado, rebeco, liebre, corzo, jabalí, raposo, perdiz, la infaltable cigüeña, codorniz y zorro entre otros muchos animales. Uno de los que traen buenos augurios es el grillo.

De la  montaña palentina han desaparecido el Urogallo, el trofeo mas preciado para los cazadores de la época, y el lobo aunque este último parece haber regresado para quedarse. 

Paseando por la montaña palentina puedes fácelmente, sobre todo en el verano, encontrar en el campo amiérganos, ajuérjanos, arráspanos, amostajas, amajuetas, andrinos, calambrojos, amaíllas, avellanas, agrullas, setas, hongos etc. 

Es, en la montaña palentina donde en el invierno entran mejor los  torreznos, el tocino untado en el pan, las morcillas y los chorizos si los acompañas con el vino de la bota y del porrón. 

Era muy común, en la montaña palentina, ver en el verano,  segar la hierba y el trigo, centeno o mesino. Trillar y beldar aprovechando el viento del norte para luego cribar. Meter los granos en costales, llevarlos al molino y luego hacer con la harina cada 15 días el pan y alguna que otra torta en el horno de la casa. Mientras se estaba sobre el trillo arrastrado por dos vacas tudancas de vez en cuando sentaba bien beber agua fresca del botijo. 

Todos los veranos en la montaña palentina se veía a la gente segar la hierba con el dalle, se hacían andadas, esparcirla para que se secara, apañarla con el rastro, echarla en el carro después de uncir las vacas con el yugo. Llevar la hierba y meterla en el pajar por el bocarón. Encima de la hierba se echaba la paja para alimentar a los animales en el invierno lanzándoles su ración diaria  que caía  directamente del pajar al pesebre donde la vaca estaba ataca con el collar. Limpiar las boñigas de la cuadra era una labor obligada.

Otras tareas anuales en la montaña palentina eran: romper cabones con el escabonador, sembrar patatas con el arado tirado por dos vacas uncidas a una yugueta, recoger gamones,  cardos, hayucos y bellotas  para los cerdos, alimentar las vacas por las boqueras en el pajar que desembocaban en el pesebre.

En la cuadra podía uno encontrar las vacas que estaban atadas con collares o cadenas, las ovejas dentro de la corte, los cerdos en el cortijo  y las gallinas que en  las tardes se aselaban encaramadas en un palo.

Tareas muy usuales en la montaña palentina eran recoger huevos, matar las pulgas, atrapar topos y ratones con los cepos, hacer cestas de mimbre, machorras con la azuela, reparar arados, arreglar la portaleja, atizar la lumbre en invierno con madera de roble.  

En mayo, en la montaña palentina, se hacían floreros de lirones. Se esquilaban las ovejas, se cardaba la lana usando el uso y la rueca para convertirlo en hilo y las abuelas luego, tejían  calcetines de lana. La lana también era aprovechada para hacer colchones y rellenar almohadas. Jerseys.

Cada casa tenía su bodega  con cubas llenas de vino que se llenaba de mosto en el tardío, octubre o noviembre y se bebían alguna en el verano. El mosto fermentaba en la cuba. Cuando se acababa una se colocaba la canilla en otra, usándose también el garrafón. Le echaban amoró para que asentara más rápido. Había cubas de 4, 8 y 11 y 16 cántaras. La de 4 se bebía la primera, y al terminarla se le llenaba de agua para que no se secara mientras ponías la canilla a la de 8. A veces se picaba y había que usarlo como vinagre. Más tarde se descubrió que una cuba picada se limpiaba bien con agua y  se metía una pastilla o dos de azufre con una alambre colgando. Se tapaba la cuba  y el humo que producía quemaba la cuba y la dejaba lista para que la siguiente dotación no se picara. Cuando le salían lapas tenías que colarlo.

Se mataba el cerdo en la montaña palentina, por San Martìn, todos los años y se colgaba en el cerbal.  En marzo se mataba un llegón, cerdo mas pequeño. Se colgaba la canal sola. De los demás se hacían morcillas. La asadura y el corazón se comía. Con los pulmones y el unto se hacían sabadales, algo parecido a los chorizos pero que no sabìan igual. Los guétagos se picaban y cocìan con arroz. Con el tocino fresco envuelto en sangre se hacían unas exquisitas sopas. Cuando sacabas la grasa del unto, quedaban unos grajitos muy sabrosos metidos en la torta.  De las patas delanteras salían los perniles que eran jamones con menos jamón que las de atrás. Las tripas se lavaban y con ellas se hacían las morcillas.

Los lomos grandes se hacían cachos se freían y daban media vuelta en la sartén y se metían en las pucheras con aceite. De cada lechón salían dos lomos grandes y otros dos pequeños. También se hacían  rachas que fritas sabían riquísimas.

Para hacer los chorizos, en la montaña palentina,  se picaba carne del cerdo a veces con tocino, se metía en las tripas bien lavadas con un embudo y atestaba con el dedo. Luego se ponían en la hornera con humo hasta que se secaban. Otros se metían en la puchera con aceite de oliva. Con garbanzos, titos o patatas se hacían un buen plato con el chorizo.

Del mismo modo, para comer carne fresca en cualquier momento de año, se mataban ovejas,  corderos y gallinas. El sebo de las ovejas tenía mucha sustancia. 

A los 8 días se estazaba el cerdo, se separaban los jamones, lomos, costillares, etc. La cabeza era desollada y las orejas iban por otra parte. Las moragas, pequeños trozos de carne sin tocino, en la lumbre y con un poco de sal eran un plato único. Riquisimas. 


En la montaña palentina la mayor parte de los alimentos eran tan naturales como que se producían en casa. Mi abuela, con la harina del trigo sembrado en sus campos,  cocía 12 panes al mes en el horno que duraban 30 días  sin ponerse duro. También hacía tortas que era la atracción de los niños

El uso de las albarcas en la montaña palentina era muy usual y práctico. En lugar de estar cambiando de zapatos, botas y zapatillas a cada momento, con las alpargatas puestas, te subías a las albarcas y podías caminar sin mojarte incluso sobre la nieve.  Recuerdo ver el portal de la iglesia lleno de albarcas. En la fiesta de San Tirso, la más concurrida, muchos perdieron sus albarcas que ya no volvieron a aparecer. Algunos, ese día, iban con botas de gima para evitar perder las valoradas y prácticas albarcas.

Las casas de los pueblos de la montaña palentina se alumbraban con lámparas de carburo o con un candil con un poco de mecha. Muchos se sabían de memoria esta adivinanza: “Debajo de un espinín, había un tiin luciendo a poquitìn a poquinin”. Se le echaba aceite común.

En invierno se hacían senderos sobre la nieve para ir particularmente a la escuela y la iglesia.  Hasta los niños pequeños saben lo que es una cellisca, la aguanieve, la escarcha y el granizar. Algunas de las tormentas, que comenzaban con un viento huracanado, eran atemorizantes cuando se anunciaban con profusión de  truenos, relámpagos zigzagueantes y, en ocasiones,  chispas. 

Las ovejas parían en primavera y no cesaban de resmalar en las tardes cuando regresaba a casa  para dar de mamar a las crías.

En las cocinas de la montaña palentina era imposible ver a las madres y abuelas sin el multifuncional mandil. Se usaba para limpiar el polvo, proteger la ropa del aceite que saltaba de la sartén, limpiar los mocos a los mocosos, atizar la lumbre y enfriar la sopa, esconder a los niños, cargar toda clase de cosas, desde  huevos hasta patatas, ciruelos, manzanas y avellanas..


Mi padre me cantaba esta canción que menciona al mandil: “Y a tu mandil  Manuela, échale puntillas verdes, para que digan los mozos, Manuela, qué mandil tienes, y a tu mandil echale la puntilla que retumbe el agua en la arena”. 


Acápite aparte merecen las fiestas en la montaña palentina. Al son de la pandereta y de una voz clara y sonora, se iban hilvanando ritmos y melodías mientras, llenos de entusiasmo y envueltos en una vorágine de gozo y algarabía, fluían los más puros y sanos sentimientos. En los pueblos rodeados por  bosques de abundantes robles, hayas y abedules nunca podía faltar la jota de la Pernía.

La navidad en la montaña palentina era una época particularmente bella. Los juguetes quizás eran escasos, pero se respiraba un ambiente de armonía entre todos los miembros de la familia. El canto de los villancicos amenizaban aún más el ambiente.


Era difícil encontrarse en los bares de estos pueblos que no incluyera dentro de los temas de conversación, la mina. Una inmensa mayorìa de los habitantes de la montaña palentina llevaban el sustento a la familia gracias al trabajo peligroso pero constante en las minas de carbón. 


Un auténtico enramado de arroyos van alimentando y engordando a los dos ríos principales de la montaña palentina: río Carrión que nace en fuentes carrionas y río Pisuerga. que nace en la cueva del cobre o del coble.

Imposible recordar todos los aperos que se usaban en la montaña palentina y sin los cuales no era posibles trabajar. He aquí algunos de ellos. Estos aperos son la quintaesencia de la vida laboral en la Pernía. Veremos algunos de los que siempre se usaron  para hacer las faenas cuotidianas testigos de onerosos momentos,  de silenciosos sudores, de días de calor sofocante, de galvanas insoportables, de trabajo impostergable ejercido de sol a sol y día tras día.


Dalle, colodra, agujas, arcas, azuelas, bozal,trillo, carros, alcuzas,cazos, colmenas, cestas, embudos, hachas, collares, horcas, horcones, hornos, horneras, llares, almirez, vertederas, brabán, brabanes,  máquinas de beldar, orinales, ruedas de afilar, planchas, ganchos,  sartenes, sogas, yugos, yuguetas, segar, picar  el dalle, colodras, uncir, rastros, cubas, garios, bieldos, pilas, cencerros, canillas, lámparas de carburo, machorras, usos, ruecas, cardas, parrillas, cerbales,. Arados, basnos, bicicletas, molinillos, cocinas de carbón.

Las vacas tudanca eran parte indisoluble de las familias de la montaña palentina. Con ellas se llevaba el carro para acarrear la hierba, la paja, la leña, las patatas, carbón, piedras, para llevar el abono, se llevaba el trigo al molino y se regresaba con la harina y los salvaos (las pellejas del trigo que se echaba a los cerdos). En los tiempos de estraperlos había que hacerlo en casa. También, con las vacas tudanca, se araba la tierra, se abasnaba y servían para producir carne si eran terneras y leche y en los crudos inviernos para dar calor a la casa.  Aunque se les echaba "total" rebajado con agua, para que no les picaran los tábanos. Cuando mosqueaban levantaban el rabo, se metían entre las escobas y corrían descontroladamente. Se les clavaban en los riñones los tábanos y en el morro. Con una rama se les daba en el morro y morían los bichos en racimos. Se les rascaba con las raquilla en la primavera cuando se les caía el pelo. A veces se usaban las cardas para esta labor que terminaban jeringadas.

La muerte en la montaña palentina, unía corazones. Era un momento para llevar consuelo y poner el hombro a los que habían perdido un familiar. El entierro de los muertos comenzaba en la iglesia y terminaba en el cementerio.  Eran momentos en los que florecía la salidaridad y  la compañía. 

La hoja de roble se recogía en septiembre y se usaba para dar de comer a las ovejas en invierno. Roían las ramas que quedaban completamente limpias de hojas y con lo que quedaba se encendía la lumbre. La hoja se traía verde. Los cajibos eran ramas gordas de roble, los limpiabas de la hoja y de ahí salían los cabrios cuando se secaban para hacer tejados o poner el piso del pajar. Los robles huecos se cortaban con el tronzador. se hacían  cachizos y se llevaban con el carro para la lumbre. 

En el mes de mayo se aprovechaba la época de las setas  y en el tardío, si llovía, los champiñones para hacerlas incluso en tortilla. Decían que echando una peseta de plata si esta se ponía negra era mala señal, no eran buenas. Y no podía faltar un buen  plato de patatas con setas.

Cumbres emblemáticos de la montaña palentina: